
Viña El Cerno es una bodega que siempre me llamó la atención, que siempre me sorprendió. La sorpresa inicial fue cuando vi por primera vez un cartel de la bodega. Yo sabía que esta pequeña bodega se encuentra en Maipú, pero lo raro es que el cartel lo vi viniendo de Chile a Mendoza, unos kilómetros después de haber cruzado la frontera, ya de lado mendocino. Allí estaba el cartelito verde, que después tantas veces vería, sugiriendo que visitara esta pequeña bodega artesanal. Digamos aproximadamente a unos 200 kilómetros de distancia de la propia bodega.
Pero lo más importante de este primer encuentro no era la distancia a la que se encontraba el cartel, sino que en ese momento recién se comenzaba a hablar de turismo del vino en Argentina. Sin duda, había una bodega pionera en enoturismo y yo ya conocía el nombre.
La segunda sorpresa llamó aún más mi atención. En esa época yo realizaba la selección de vinos para una importante y prestigiosa vinoteca, con una exquisita lista de vinos argentinos. Yo había probado los productos Viña El Cerno y cuando conocí alguien vinculado a la bodega, le pedí que me trajera vinos para vender. La respuesta fue rotunda: Pedro no quiere. Quién es Pedro?, pregunté. El dueño de la bodega. Pero, para qué hacer vinos si no los va a vender?, me quejé. Si los vende, pero sólo a la gente que conoce personalmente, la gente que lo visita en la bodega; me respondió.
Fue en ese momento que comencé a entender que detrás de Viña El Cerno no había sólo un negocio, sino que se trataba de algo más profundo, con una filosofía original, personal y muy respetada. Eso me interesó aún más que la calidad de los vinos, así que comencé a insistir, a perseverar. Después de algunos meses logré mi objetivo y salía a la venta en Buenos Aires el primer vino de la bodega, un Viña El Cerno Syrah. Luego se agregaría el Merlot y finalmente toda la línea.
Y la tercera sorpresa fue conocer a Pedro Martinez, dueño de la bodega e inspirador de esa filosofía tan particular. Escapaba a los cánones de lo que cualquiera hubiera esperado. Me encontré ante un hombre sencillo, nada estructurado, ameno, con pelo largo, simpático y sobre todas las cosas, muy apasionado. Tan apasionado que puedo asegurar que Pedro utiliza una vocabulario propio para hablar de vino. Lo he escuchado usar términos, palabras, frases y conceptos únicos, desprendidos obviamente, de su filosofía tan particular.
Realizada esta introducción conceptual, pasemos a conocer un poco de la historia de esta bodega tan particular. La bodega nace por un deseo personal de Pedro Martinez, que desea concretar su concepto de una creación filosófica del vino. Winemaker de cierta experiencia, decide independizarse y perseguir un sueño, que vería logrado en menor tiempo de lo esperado.
Como primer paso consigue una bodega abandonada en muy mal estado y se dedica lentamente a refaccionarla. Finalmente en el año 1997 se realiza la primera elaboración en bodega Viña El Cerno. Obviamente se trataba de cantidades muy limitadas, que Pedro y su esposa envasaban y tapaban con una máquina manual, de a una botella por vez.

El sueño de Pedro era hacer vino de calidad, con su sello personal y poder venderlo personalmente a quienes se acercaran a la bodega. Era una visión romántica, a largo plazo. En esa época recibían, con suerte, 2 visitantes a la semana. Pero Pedro no bajó los brazos, trató a cada visitante como al mejor cliente y poquito a poco, fue logrando otra de sus metas filosóficas: no hacer cliente, sino, amigos.
Hoy Viña El Cerno recibe en promedio 3.000 visitas mensuales. Vende más del 50% de sus vinos en bodega, a turistas. Uno de los visitantes, luego cliente, luego amigo, es Carlos Sket, quien fue el impulsor de que los vinos de la bodega se comenzaran a comercializar en Buenos Aires, idea que no fue fácilmente aceptada por Pedro.
Hasta entonces, cada visitante de la bodega, si quería comprar nuevamente vino desde su domicilio, debía hacerlo vía fax, teléfono o email y las cajas les eran remitidas. La idea de Carlos Sket fue la de facilitar ese acceso a los productos, colocándolos a en el principal mercado con mayor rapidez y a menor costo. Fue así como, lentamente, se comenzó con la comercialización de los vinos de la bodega en forma más tradicional.
Actualmente la bodega posee 3 líneas de vino distintas. Wayna, que en quechua significa jóven, es una línea de varietales jóvenes, frescos, frutados y de buena tipicidad, fáciles de beber y con una amplia posibilidad de combinación gastronómica. Luego sigue la línea Viña El Cerno, que se compone de vinos varietales con crianza en madera, con más carácter y complejidad y un interesante potencial de guarda. Finalmente están los vinos de autor: dos vinos distintos, el 6° Viña, blend de 4 variedades y el Antiguo, corte de Syrah y Cabernet Sauvignon. Luego hay un excepcional vino de corte tradicional, cuyo nombre es Filósofo y está compuesto de Malbec, Merlot y Cabernet Sauvignon.
Para poder disfrutar de estos vinos de producción limitada puede comprarlos en las mejores vinotecas, en una buena cantidad de restaurantes de alta calidad o directamente en la bodega, que, como ha quedado claro, recibe gustosamente a quienes quieran acercarse.
La bodega ofrece actualmente visitas guiadas con degustación en la “Sala Tradicional”, la posibilidad de, mediante un arancel, acceder a degustación de vinos Premium (vinos de autor y premiados), en grupos muy reducidos en la “Cava de Vinos Premium”. Y para quienes disfrutar un poco más, avisando con cierta anticipación, se puede acceder al “Salón de Crianza Gourmet”, donde se realizará degustación de vinos y maridaje con comidas típicas de la región.
Además en Buenos Aires la bodega posee oficinas, depósito y sala de degustación, donde se brindan charlas, cursos y degustaciones. También, obviamente, se pueden comprar los vinos.
Carlos NavarroEtiquetas: Bodegas, Turismo